Ilusión de Vivir Madrid

¿Cómo se vive una vida sin ilusión?

¿Sin emocionarse por algo que conseguir? ¿O por algo que está por venir? Y cuando llega saborearlo hasta aburrirse…

Una vida sin ilusión, no es vida. Porque cada día trae algo nuevo, aunque no sea capaz de verlo, algo que no estaba ayer y depende de mi qué hago con ello.

Las mentes pesimistas dirán, sí claro, un nuevo problema.
Y las mentes optimistas dirán, sí, algo nuevo que resolver y se emocionarán por ello.

Crear ilusión es crear motivación, crear impulso, imaginar, soñar, volar. Difícil es que no guste, pero el problema no es ese, es a la hora de aterrizar. Entre más alto se vuela más dura es la caída.

¿Será esa la razón por la que dejamos de soñar? ¿De ilusionarnos? Porque nos vamos tan alto que la caída se torna muy dolorosa… Me pregunto, ¿cuál será el problema real?

1. El volar, 
2. La caída en sí, 
3. O la relación que tengo con el dolor.

Entiendo que hay que protegerse, pero ¿tanto hay que protegernos para que dejemos de sentir y evitar emocionarnos por lo nuevo? ¿Cuál sería el punto medio?

Yo en mi vida personal, he tomado la decisión que no voy a dejar de ilusionarme, porque una vida sin ilusión para mi no es vida. Si mutilo la ilusión, me estoy mutilando a mi misma, sin ella estoy muerta.

La ilusión me da vida, me mantiene despierta, excitada, con ganas de levantarme, de empezar el día, sin ella no tengo ganas de nada.

Creo que hay una distinción que marca la diferencia entre el hecho de ilusionarse y no romperse en pedazos cuando no se da exactamente lo que uno esperaba o lo que uno soñaba, y la clave está en una palabra: Desapego.

Desapego al resultado.

Literalmente 0.0 expectativas.

¿Parece sencillo no? Pero es lo mas requete contra difícil del mundo mundial, o por lo menos para mi lo ha sido.

¿Cómo coño se emociona uno sin querer conseguir aquello que genera tanta emoción? La verdad ni yo lo tenía tan claro hasta ahora que lo escribo, pero pienso que tiene que ver con el disfrutar de la emoción que se ha generado a través del objeto, y no tanto del objeto de la emoción. Algo paradójico ¿ah?, pero en realidad es simple.

Aprovecho y agradezco plenamente ese ‘objeto’ que me hizo generar la emoción de la ilusión. Lo disfruto, lo vivo y lo sueño. Pero en el fondo más fondo sé que no es el objeto lo que quiero, sino la emoción. Quiero “cualquier cosa” que me mantenga esa emoción viva. Y la obtengo de “cualquier” fuente. Pongo “cualquier” entre comillas porque realmente no es cualquier cosa, sino las que yo elija y desee incorporar en este camino.

Pero en sí, no es el objeto lo que nos engancha y lo que nos duele al perder, es el creer que el conseguir ese objeto es la única forma para obtener esa sensación tan placentera. Pero entonces, ¿que pasa cuando no lo tenemos? ¿cuando nuestras expectativas no se cumplen?, pues ahí vienen los problemas. Ahí nos abofetea la desilución.

Si tan solo supiéramos que no es el objeto lo que queremos.

Que no es el objeto de nuestra ilusión lo que necesitamos.

Si tan solo fuéramos capaces de reconocer que lo único que necesitamos es ese estímulo y que es accesible en las infinitas posibilidades de la materia.

¿Qué haríamos entonces?

Pues, lo tomaríamos, lo disfrutaríamos y cuando fuera la hora, lo dejaríamos ir. Porque ya tenemos todo lo que necesitamos realmente.

En cada uno de nosotros ya nace una ilusión, desde el momento uno…

Ese día que vinimos a la luz como resultado de una gran ilusión.

Foto: Museo/Palacio de Velazquez, Parque del Retiro, Madrid

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