getsemani jerusalen

Llegó el día del juicio final.

El último día que me juzgué a mi misma.

El último día que me reproché por hacer las cosas mal.

Mi juicio final llegó y con él también dejé de juzgar a los demás.

Les permití ser y comencé a aceptarlos tal y como son.

Ese día que dejé de juzgar, también me aprendí a amar.

Aprendí a aceptar el momento en el que estoy, las decisiones que tomo y las que dejo de tomar.

Comencé a aceptar el ritmo que llevo, con mis virtudes y defectos, porque entendí que los defectos son solo creaciones aprendidas, transmitidas por los maestros que he tenido en vida.

Mi juicio final llegó y con él me inundó la tranquilidad, porque ya no hay bien o mal, cuando todo lo que hago me lleva al mismo lugar.

Un lugar de expansión constante donde a cada instante aprendo a conocerme mejor transitando esta experiencia a la que llamamos vida.

Ese día entendí que el juicio final al que siempre le había temido, no era más que un encuentro cara a cara con mi propio juez, ese tirano insaciable que ha estado en mis adentros desde que la razón tocó mi puerta.

Porque si Dios es amor, verdad y vida, no hay juicio que encaje en su definición.

El juez estaba en mi y yo aún no lo veía.

Mi juicio final llegó.

El último día que me juzgué.

El último día que me recriminé.

El primer día que me acepté.

El primer día que verdaderamente me amé.

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Foto: Getsemaní, Jerusalén.

6 pensamientos en “El Juicio Final

  1. Tu reflexión de vida, me dejó una reflexión en la mía, mientras lo leía me llenaba de entendimiento y de fuerza, que en esta etapa de mi existencia, me acepto tal como soy y no hay reproche posible. Esto es lo que soy, un ser con mucha luz y nada externo ha de afectarme. Gracias por expresarlo tan maravillosamente.

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